domingo, 21 de marzo de 2010

MIRA QUIEN LLEGA CONSUELO, de gabo


Mira quien llega Consuelo, mirá quién llega

ha venido la muerte Consuelo

¿para quién llega?

es una muerte clara, es una muerte lenta

la muerte trae una niña Consuelo

para que aprenda.

Aprenderá jugando, con caballos domados,

con animales viejos, Consuelo, y con peces dorados.

Le da las cosas simples, debe aprender jugando

con leones de circo , Consuelo, y con enamorados.

La niña arrastra a la muerte Consuelo , cansada ya de jugar.

La muerte anima a su niña consuelo, al amor lo mata mal.

Servile algo a la muerte, Consuelo, dulce, leche y pan.

Que alimentar su niña , Consuelo, tiene a la muerte mal.




Gracias Gabo Ferro ........

miércoles, 17 de marzo de 2010

TRAMPA


Y si, hice trampa a los 8 años. Era el cumpleaños de María José Larraburu.
María José Larraburu era una chica pálida, con cara triste y sin amigos . No hablaba con nadie, era misteriosa y seria. No era en realidad amiga mía, pero terminé en su cumpleaños debido a que su tía había sido compañera de escuela de mi mamá.
Los cumpleaños de María José Larraburu eran raros, bizarros, un grupo de chicas del colegio que sabíamos perfectamente que la festejada no era amiga de nadie, pero estábamos ahí por distintas razones. No fui a muchos de esos cumpleaños y con los años María José se cambio de escuela y le perdí el rastro.
Pero este cumpleaños en particular dejo una marca en mi vida. Como eran cumpleaños difíciles de llevar debido al carácter inhóspito de la festejada, la madre y la tía de María José organizaban una parafernalia de juegos, magos, regalos y rifas para que el cumpleaños tuviera sus atractivos y por lo tanto asistentes, entre las que me encontraba yo, al margen de mi compromiso familiar.
El que voy a narrar fue el de cuarto grado, donde sin desmerecer los manjares y entretenimientos, el momento culminante era una rifa con un montón de muñecas y artículos varios para niñas, pero el premio mayor, para mi completa alegría, era un libro. Si me parece que lo estoy viendo, ahí paradito, entre juguetes de plástico de escaso valor para mi, una niña ya lectora voraz a esa edad.
“Los Hollister van al circo” tapa dura, el número 5 de una colección de 33 libros de los Hollister. Y lo sé porque mi abuelo me completó luego la colección, mes a mes, a partir de éste, rifado en el cumpleaños.
Éramos muchas, yo apretaba mi número celeste entre las manos tratando de no abollarlo demasiado pero sin poder contener la emoción de ganarme el primer premio.
El cumpleaños pasaba, la rifa era al final de la fiesta. En un cruce con la tía en la cocina, me saluda, pregunta por mi mamá y me dice así como al pasar “¿a vos que número te tocó?” El dieciocho le digo, sin sospechar, en mi inocente corazón de 8 años lo que iba a acontecer más tarde.
Al comenzar la rifa la mamá y la tía se pararon frente a los sillones y comenzaron a sacar los números ganadores. Cada pulsera o muñequita que me perdía, eran para mí una aproximación a la posibilidad de ganar ese libro tan deseado. El corazón me saltaba adentro, y abollaba el número en el bolsillo de mi vestido.
Cuando llega el momento del primer premio, la tía de María José, con cara de nada dice _“¡dieciocho! ¿Quien tiene el 18? “
Yo estaba atónita, el libro era mío. ¿Cómo había hecho para sacar de la bolsa justo mi número? Me levante como flotando, me dieron el libro, lo abrace, me reí como loca, ni siquiera me daba cuenta de lo que había pasado, mis inocentes 8 años me dejaban fuera de la complicidad. Hice trampa, mejor dicho, acepte la trampa sin siquiera darme cuenta.
Para mí era una rifa cualquiera, con los años , cuando conocí otras cosas me di cuenta que ese libro tomo 5, el primero de mi colección, había llegado a mis manos en forma ilícita. Pero eso a quién le importa ahora. ¿Cierto?

martes, 16 de marzo de 2010

robando maravillas para compartir

Felicidad clandestina

de Clarice Lispector , maravillosa escritora brasileña contemporánea.

Ella era gorda, baja, pecosa y de pelo excesivamente crespo, medio amarillento. Tenía un busto enorme, mientras que todas nosotras todavía eramos chatas. Como si no fuese suficiente, por encima del pecho se llenaba de caramelos los dos bolsillos de la blusa. Pero poseía lo que a cualquier niña devoradora de historietas le habría gustado tener: un padre dueño de una librería.
No lo aprovechaba mucho. Y nosotras todavía menos: incluso para los cumpleaños, en vez de un librito barato por lo menos, nos entregaba una postal de la tienda del padre. Encima siempre era un paisaje de Recife, la ciudad donde vivíamos, con sus puentes más que vistos.
Detrás escribía con letra elaboradísima palabras como "fecha natalicio" y "recuerdos".
Pero qué talento tenía para la crueldad. Mientras haciendo barullo chupaba caramelos, toda ella era pura venganza. Cómo nos debía odiar esa niña a nosotras, que éramos imperdonablemente monas, altas, de cabello libre. Conmigo ejerció su sadismo con una serena ferocidad. En mi ansiedad por leer, yo no me daba cuenta de las humillaciones que me imponía: seguía pidiéndole prestados los libros que a ella no le interesaban.
Hasta que le llegó el día magno de empezar a infligirme una tortura china. Como al pasar, me informó que tenía El reinado de Naricita, de Monteiro Lobato.
Era un libro gordo, válgame Dios, era un libro para quedarse a vivir con él, para comer, para dormir con él. Y totalmente por encima de mis posibilidades. Me dijo que si al día siguiente pasaba por la casa de ella me lo prestaría.
Hasta el día siguiente, de alegría, yo estuve transformada en la misma esperanza: no vivía, flotaba lentamente en un mar suave, las olas me transportaban de un lado a otro.
Literalmente corriendo, al día siguiente fui a su casa. No vivía en un apartamento, como yo, sino en una casa. No me hizo pasar. Con la mirada fija en la mía, me dijo que le había prestado el libro a otra niña y que volviera a buscarlo al día siguiente. Boquiabierta, yo me fui despacio, pero al poco rato la esperanza había vuelto a apoderarse de mí por completo y ya caminaba por la calle a saltos, que era mi manera extraña de caminar por las calles de Recife. Esa vez no me caí: me guiaba la promesa del libro, llegaría el día siguiente, los siguientes serían después mi vida entera, me esperaba el amor por el mundo, y no me caí una sola vez.
Pero las cosas no fueron tan sencillas. El plan secreto de la hija del dueño de la librería era sereno y diábolico. Al día siguiente allí estaba yo en la puerta de su casa, con una sonrisa y el corazón palpitante. Todo para oír la tranquila respuesta: que el libro no se hallaba aún en su poder, que volviese al día siguiente. Poco me imaginaba yo que más tarde, en el curso de la vida, el drama del "día siguiente" iba a repetirse para mi corazón palpitante otras veces como aquélla.
Y así seguimos. ¿Cuánto tiempo? Yo iba a su casa todos los días, sin faltar ni uno. A veces ella decía: Pues el libro estuvo conmigo ayer por la tarde, pero como tú no has venido hasta esta mañana se lo presté a otra niña. Y yo, que era propensa a las ojeras, sentía cómo las ojeras se ahondaban bajo mis ojos sorprendidos.
Hasta que un día, cuando yo estaba en la puerta de la casa de ella oyendo silenciosa, humildemente, su negativa, apareció la madre. Debía de extrañarle la presencia muda y cotidiana de esa niña en la puerta de su casa. Nos pidió explicaciones a las dos. Hubo una confusión silenciosa, entrecortado de palabras poco aclaratorias. A la señora le resultaba cada vez más extraño el hecho de no entender. Hasta que, madre buena, entendió a fin. Se volvió hacia la hija y con enorme sorpresa exclamó: ¡Pero si ese libro no ha salido nunca de casa y tú ni siquiera querías leerlo!
Y lo peor para la mujer no era el descubrimiento de lo que pasaba. Debía de ser el horrorizado descubrimiento de la hija que tenía. Nos espiaba en silencio: la potencia de perversidad de su hija desconocida, la niña rubia de pie ante la puerta, exhausta, al viento de las calles de Recife. Fue entonces cuando, recobrándose al fin, firme y serena le ordenó a su hija: Vas a prestar ahora mismo ese libro. Y a mí: Y tú te quedas con el libro todo el tiempo que quieras.
¿Entendido? Eso era más valioso que si me hubiesen regalado el libro: "el tiempo que quieras" es todo lo que una persona, grande o pequeña, puede tener la osadía de querer.
¿Cómo contar lo que siguió? Yo estaba atontada y fue así como recibí el libro en la mano. Creo que no dije nada. Cogí el libro. No, no partí saltando como siempre. Me fui caminando muy despacio. Sé que sostenía el grueso libro con las dos manos, apretándolo contra el pecho. Poco importa también cuánto tardé en llegar a casa. Tenía el pecho caliente, el corazón pensativo.
Al llegar a casa no empecé a leer. Simulaba que no lo tenía, únicamente para sentir después el sobresalto de tenerlo. Horas más tarde lo abrí, leí unas líneas maravillosas, volví a cerrarlo, me fui a pasear por la casa, lo postergué más aún yendo a comer pan con mantequilla, fingí no saber dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría por unos instantes. Creaba los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad. Para mí la felicidad siempre habría de ser clandestina. Era como si yo lo presintiera. ¡Cuánto me demoré! Vivía en el aire... había en mí orgullo y pudor. Yo era una reina delicada.
A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo. No era más una niña con un libro: era una mujer con su amante.

ZEN


Viento en los árboles
sol seco
la zamba preferida de fondo
el ruido del agua del riego
el mate como eterna compañía
los pájaros que cruzan volando
y esa sensación de estar
en vos
y en casa.

sábado, 27 de febrero de 2010

Sube y baja


Hay días de esos

...Ponele onda , dicen los amigos

Y uno le pone, y arranca en subida.

tomo mate con música de fondo, respiro el sol un toque.

Me cambio, pañuelo al cuello, aros al tono... y rojos.

el rojo te levanta, decía Susana, y nunca sin aros, también decía.

Y yo a Susana le hago caso.

y aparezco a trabajar a pura roja energía antes de hora, no me puedo dar el lujo de que se me acabe la subida...

LLamo por teléfono, arreglo algunas cosas ¿imprescindibles?

Electricista, lavarropas, ordeno mi oficina antes que nadie llegue.

Porque sé, que seguro que al rato estoy bajando y me detendrá el pánico.

La bajada nunca me gustó, ese pozo en el estómago y el vértigo de ver que todo va en sentido contrario. Es buena metáfora la del sube y baja, me doy cuenta. Para ser sincera , de chica nunca me gustó subirme a uno en la plaza. Analicemos eso, diría mi psicóloga, pienso.

Pero volvamos a los hechos.

Soporto la bajada con estoicismo,trago saliva, declaro conjuntivitis alérgica y me banco el rato de tristeza que me toca haciendo como si nada.

Ponele onda...,me repito, y arranco con la próxima subida. Elijo mi nueva pared verde, tan alegremente verde que exorcizaría cualquier pesimismo (salvo el mío) y hago mate mientras trabajo, me río un poco para no perder el ritmo, casi como si fueran abdominales-odio los abdominales- y siento de nuevo que me toca la próxima caída.

Tomo aire, me meto en mi oficina bajo pretexto de terminar algunas cuentas pendientes.Y pienso.

Basta, me digo, esto no es vida, decido por fin llamarte por teléfono.

En vano

No hay caso
no aprendo nada
otra vez chocando con la misma piedra
ilusión, espera, desilusión
Sabelo, tenelo claro
hoy no quisiera necesitarte
pero me cuesta tanto esfuerzo
y volví a llamarte...
en vano.

miércoles, 24 de febrero de 2010

Plantéatelo asi...


hoy pudo ser un gran día

pague algunas de las interminables cuentas mensuales

mi amiga me regalo un llamador de àngeles

mi ahijada cumple años mañana y le compre algo lindo

me tome la molestia de almorzar algo rico leyendo revistas de esas que uno nunca compraría

fui al banco,no hice cola, me asistio un policia solícito para lidiar con esas máquinas

camine , mire vidrieras, me autocompre un regalo

la mamá de un amigo me hizo una torta

mi nueva pintura esta quedando luminosamente bella

pero al final descubrí que perdí mi nueva agenda....

serà el inconciente, llevo días dedicándole adornos a mi agenda del año por venir...

recièn llamaron del banco, tienen la agenda. mañana voy por ella

capaz que no todo esta perdido todavía , pienso,

mientras se me queman unas salchichas en la olla.